martes, 10 de marzo de 2015

EFECTOS DEL TERREMOTO Y MAREMOTO DE 1835 EN TALCAHUANO, PARTE III.

Por Rolando Herrera Poblete, Profesor de Estado en Historia y Geografía, (UFRO), investigador de la Historia Local y Patrimonio de Talcahuano.



DESCRIPCIÓN DEL CAPITÁN  ROBERT FITZ ROY.



El capitán Robert Fitz Roy también hace una extensa e interesante descripción en base a los testimonios que recogió de los testigos, sobre las características y efectos del terremoto y maremoto de 1835 que observó en situ en Talcahuano y Concepción, algunos de los cuales son inéditos y otros complementan y refuerzan con sus detalles, las realizadas por su subalterno Darwin. 



Capitán Robert  Fitz Roy (1805-1865) 
Comandante del buque expedicionario inglés Beagle, quien observó y describió los efectos del sismo de 1835 en Talcahuano. 

Según su versión, en Concepción a los 11,40 minutos se sintió un sacudimiento ligero de la tierra, que aumentó rápidamente. Los movimientos fueron luego tan fuertes, que provocaron espanto y toda la gente salió a refugiarse en los parajes descampados. El violento temblor duró cerca de dos minutos. Agregando una vivida descripción de los inicios del sismo: 


“…apenas era posible tenerse en pie; los edificios se estremecían y bamboleaban; de repente una estupenda convulsión cubrió la tierra de ruinas. En menos de seis segundos, la ciudad era un montón de escombros. El ruido espantoso de las casas que venían al suelo; el horrible crujir de la tierra, que se abría y cerraba alternativamente en varias partes, los lastimeros alaridos de angustia y desesperación; el calor sofocante; las nubes de polvo que oscurecían el aire y embarazaban la respiración; el desamparo, la confusión, el terror de los infelices habitantes, presentaban una escena difícil de describirse, y que la imaginación misma apenas alcanzará a concebir.” (1)

Según el capitán Fitz Roy durante el terremoto, nadie podía tenerse en pie sin apoyarse en algo; tomándose unos de otros, abrazándose a los árboles y postes o arrojándose a tierra, tan violento era el vaivén, que se veían obligados a tender los brazos para no rodar. 

Luego se detiene a comentar la reacción de los animales ante el fuerte temblor, señalando que durante la mañana los vecinos notaron grandes bandadas de aves marinas que pasaban sobre la ciudad, trasladándose de la costa a lo interior. Que los caballos y todos los animales dieron muestras de terror, se sostenían con las piernas abiertas y las cabezas inclinadas, temblando violentamente. Los pájaros volaban atemorizados en todas direcciones. Y que los perros se pusieron a salvo, saliendo de las casas antes de iniciarse el terremoto.

Según Fitz Roy, la opinión general de los testigos, sobre la dirección del movimiento era de sudoeste a nordeste, siendo además  ondulatorio,  vertical, horizontal y circular. Muchos de los temblores fueron precedidos de un rumor sordo subterráneo, como el de un trueno distante.

Las grietas que se abrieron en el suelo, no presentaban una dirección uniforme; la más común era de sudeste a noroeste, y eran de una pulgada hasta un pie de ancho.

Fitz Roy comenta las reacciones humanas que hubo después de cesado el terrible y violento sismo, y una vez que se disiparon las nubes de polvo que produjo el derrumbe  de los edificios. Agrega que la gente comenzó a respirar con más desahogo y a mirar  su alrededor,  y que pálidos, trémulos, cubiertos de polvo y sudor, corrían de un lugar a otro, llamando a gritos a sus hijos, parientes y conocidos. Según Fitz Roy algunos parecían enteramente privados de razón.

Sobre la prolongación de los sacudimientos, Fitz Roy  agrega que se repetían a cortos intervalos, renovando el miedo.  La tierra no estuvo quieta un momento durante aquel día y el siguiente,  aun hasta el tercero después de la gran convulsión. Después de la catástrofe, entre el 20 de febrero y el 4 de marzo, se contaron más de 300 temblores.

Las casas cayeron en todas partes y  los  adobes formaban montones confusos. La catedral de Concepción, cuyas paredes eran de cuatro pies de grueso, apoyadas en robustos estribos, y construida de excelentes ladrillos y mezcla, sufrió más que los otros edificios.

Ruinas de la catedral de Concepción , destruida por el terremoto de 1835, dibujada por el oficial  del Beagle John C. Wickham.


Finalmente el  capitán Robert Fitz Roy hace un comentario que da cuenta de la resiliencia de los penquistas ante el magno y destructivo  evento telúrico que sufrieron, señalando:

“La buena conducta y generosa hospitalidad de los vecinos de Concepción proporcionaron un grande alivio a esta calamidad. Todos se auxiliaban unos a otros; y apenas hubo ejemplo de hurto. Los vecinos acomodados empezaron inmediatamente a ocupar el pueblo en construir ranchos y habitaciones provisionales de madera, viviendo entretanto al aire a la sombra de los árboles. Los que primaron se proporcionaron dónde vivir, juntaban alrededor de sí a cuantos podían; y en pocos días llegó a tener el vecindario un abrigo temporal, en que procuraba sacar consuelo y diversión de sus mismas desgracias, riéndose de los extraordinarios arbitrios a que se veían reducidos para sobrellevarlas.” (2)

El capitán del Beagle, Robert Fitz Roy, también describió lo sucedido en Talcahuano aportando con interesantes y nuevos detalles sobre este violento y desastroso evento sísmico 

Parte diciendo que en Talcahuano, la violencia del terremoto fue tan grande que solo tres casas, situadas sobre una base de roca, se escaparon de la ruina, a diferencia de las edificadas sobre el terreno blando y arenoso que se extiende entre la playa y los cerros. Pese a ello casi todos los habitantes se salvaron.

Describe con mayor detalle el maremoto, manifestado en tres enormes olas, que barrieron las costas de Talcahuano, indicando que los habitantes: 

“…apenas habían vuelto en sí de la sensación de terror causada por los destructivos vaivenes de la tierra, cuando les llenó otra vez de espanto la retirada del mar. La ruina de Penco se presentó a su memoria; temerosos de una avenida de las olas, corrieron en tropel a ponerse en salvo sobre las alturas vecinas.” (3)

Agrega que 30 minutos después del terremoto, cuando ya afortunadamente la mayor parte de la población se había refugiado en los cerros, el mar se retiró dejando varadas las embarcaciones que estaban ancladas en siete brazas de agua, quedando descubiertos las rocas submarinas y bancos de la bahía. 

Con gran dramatismo Fitz Roy describe la llegada de la primera marejada, señalando lo siguiente: 

“…se alcanzó a ver una ola enorme que se abría camino por la boca occidental que separa la isla de Quiriquina del continente. Esta ola inmensa pasó rápidamente por el lado occidental de la bahía de Concepción, barriendo cuantas cosas movibles encontró en aquella costa pendiente, hasta 30 pies de altura sobre el nivel de pleamar. Rompió por sobre los buques; los zarandeó, como si hubiesen sido pequeños botes; inundó la mayor parte del pueblo; i hecho esto, refluyó con tal Ímpetu, que casi todos los efectos trasportables que el terremoto no había sepultado bajo las ruinas, fueron arrastrados por las aguas.  (4)  

Al poco rato nuevamente vararon los buques, divisándose una segunda gran ola, que según Fitz Roy; 

“…se acercaba bramando con más furia que la primera. Sus estragos, sin embargo, no fueron tan grandes, porque había ya poco que destruir. El mar se retiró de nuevo, acarreando gran cantidad de efectos de madera, y los materiales menos pesados de las casas, y dejando otra vez varadas las embarcaciones.” (5)  

Finalmente, el  capitán británico se refiere al embate de la tercera ola, más grande y  violenta. Que llegó al cabo de algunos minutos de temerosa expectación, expresándolo así:

“…se dejó ver otra tercera ola entre Quiriquina y el continente, enorme, y al parecer de mayores dimensiones que las anteriores. Bramando al estrellarse con lo que encontraba al paso, se precipitó con una violencia irresistible sobre la playa, cubriéndolo y destruyéndolo todo. Refluyendo luego, como rechazada por el pie de los cerros, arrastró en su retroceso gran cantidad de efectos caseros, cercas, y todo género de muebles, que, sosegada la tumultuosa avenida, sobrenadaron, presentando la apariencia de un vasto naufragio.” (6)

Un comentario del capitán FItz Roy da cuenta que el maremoto también avanzó en  dos frentes, incluida   la bahía de San  Vicente, haciendo temer a los sobrevientas que la península de Tumbes se separaría   del continente como una isla.

“Las personas que estaban sobre alturas que dominaban a las dos bahías, observaron que el mar avanzaba hinchado sobre San Vicente al mismo tiempo que sobre Talcahuano. La explosión de San Vicente y la embestida del mar por ambos lados, les hicieron creer que la península de Tumbes iba a separarse del continente, i muchos corrieron por los cerros arriba hasta colocarse en lo más elevado.” (7)

Cierra esta descripción indicando que después de tanta convulsión  la naturaleza descansó,lo que fue aprovechado para que:

“Gran número de habitantes se encaminaron entonces a las ruinas, ansiosos de averiguar la magnitud de sus pérdidas y  de salvar su dinero y algunos artículos preciosos, que, perdonados por las olas, estaban expuestos a las depredaciones.” (8)

Relata Fitz Roy que en los días posteriores el desastroso sismo, casi todos los habitantes, excepto unos pocos que se refugiaron en los buques, pasaron la noche sobre los cerros al descubierto,  y no quisieron bajar de allí.  Al día siguiente, comenzaron  a hacerse chozas y ranchos sobre las alturas, temiendo otra arremetida  del mar.




El bergantín Beagle en los canales australes de la Patagonia. 


Fitz Roy como hombre de mar, también menciona  lo sucedido a los siete navíos que se encontraban anclados en la bahía, los cuales resistieron milagrosamente al maremoto, sin grandes daños pese a que algunos chocaron entre sí ,  y quedaron varados e inundados.

“Tres grandes balleneros, una barca, dos bergantines y una goleta, estaban anclados a poca distancia del pueblo en 4 hasta 7 brazas de agua, con una sola ancla y bastante cable. Con la brisa del sur… los buques quedaron a la parte de afuera de sus anclas, la popa hacia el mar; y en esta posición, vararon. El capitán del puerto, Delano, estaba a bordo de uno de los balleneros... La primera gran ola dio contra la popa del buque, se estrelló sobre él, y lo levantó sin hacerle más daño que barrer su cubierta; la cadena, que estaba floja, se deslizó sobre el fango, y contuvo la embarcación poco a poco, a medida que fue calmando el primer ímpetu de la ola. (pág. 212) Revolviendo luego el agua, la hizo girar al rededor, y la dejó varada casi en la misma posición que antes. La profundidad, que era de dos brazas cuando el buque varó, creció hasta diez en el mayor ascenso del agua; y las dos últimas olas produjeron en las embarcaciones el mismo efecto que la primera.”

“Hubo buques que chocaron violentamente uno contra otro, y que dieron vueltas alrededor, como en un remolino, sin experimentar mucho daño. Había en la playa un buque pequeño de unas 30 toneladas, que estaba para ser lanzado; el mar lo llevó más de 200 varas tierra adentro, y  lo dejó allí sin lesión. Una goletilla  estaba anclada delante del pueblo, soltó el cable y se hizo afuera, encontrando la ola sin romperla, y montando sobre ella como en una marejada ordinaria. La Colo cólo, que estaba a la vela a la entrada oriental de la bahía, hizo cara a las olas de la misma manera y con igual suceso.” (9)

El capitán del Beagle, Robert Fitz Roy, describe  un  hecho anecdótico en medio del maremoto que implicó la sobrevivencia de un niño de origen inglés:

“Muchos botes se hicieron mar afuera antes de retirarse las aguas. Unos arrostraron las olas, y tuvieron la dicha de montar sobre ellas y salvarse; otros casi zozobraron en la lucha. El afortunado escape de un niño de 4 años merece contarse. Una criada se había refugiado con él en un bote; el bote se estrelló contra un ancla en la playa, y  se partió en dos. La criada se ahogó; pero el niño se agarró de uno de los pedazos del bote y salió con él a la bahía. El fragmento flotó acá y allá; y el niño se mantuvo firme hasta que fueron a buscarle, y le hallaron sentado en él, sujetándose con ambas manos, mojado y tiritando de frio, pero sin lesión alguna. El niño se llama Hodges; su padre es un inglés muy conocido en Talcahuano, y ha sido oficial de la marina británica.” (10) 

Asimismo, el capitán Fitz Roy  describe el comportamiento del nivel mar con posterioridad al maremoto, señalando:

“Por cuatro días consecutivos, se presentó el mar cubierto de despojos, no solo en la bahía de Concepción, sino hasta alguna distancia, arrojando a las playas de la isla de Quiriquina multitud de muebles destrozados i todo género de efectos de madera; de modo que durante algunas semanas so ocuparon varias partidas en recogerlos i llevarlos al pueblo. En los  tres días que siguieron al de la, catástrofe, los flujos y reflujos fueron frecuéntese irregulares. Durante algunas horas después del sacudimiento, el mar se mantuvo subiendo y  bajando hasta dos o tres veces por hora”.   (11) 

Fitz Roy comenta que la posición  de la isla Quiriquina, dividió la avalancha de las olas en dos  brazos, aminorando sus efectos en el lado oeste (boca chica).

“Al este de la Quiriquina, la avenida no fue tan grande ni tan impetuosa como al oeste, porque allí encontró más espacio en que gastar su fuerza, siendo aquella la parte más ancha y profunda de la bahía. La isla dividía las olas en dos brazos: uno de ellos corría por Tumbes o la playa occidental, hacia Talcahuano; y el otro, por la boca oriental hacia Lirquén y Tomé. “ (12)

Fitz Roy describe algunos fenómenos  ocurridos durante el maremoto  en plena mar, similares a trombas marinas  y emanaciones de  sulfuro en algunos sectores.


“Notáronse dos explosiones al tiempo de entrar las olas: una más allá de la Quiriquina, que fue observada por Mr. Henry Burdon y su familia, embarcados en una lancha cerca de Tomé, y se les presentó como una gran columna de humo, semejante a una torre; la otra en el medio de la bahía de San Vicente, parecida al chorro de una inmensa ballena, dejando, al desaparecer, un remolino que duró algunos minutos, y  cuyo centro era profundo, como si el mar se entrase en una cavidad de la tierra. Al tiempo de la ruina y hasta después de las avenidas, el agua de la bahía pareció estar como hirviendo, escapándose ampollas de aire o gas; el agua se puso de color oscuro y exhalaba un olor sulfúreo muy desagradable. “ (13)

Además describe  muchos fenómenos inusuales asociados al maremoto, como por ejemplo,  que el mar arrojó gran cantidad  de peces muertos; emanaciones de aguas negras y  fétidas. Como ocurrió  en el patio de Mr. Evans, en Talcahuano, donde se hinchó  y reventó el suelo, vertiendo una agua hedionda y sulfurosa; cañones de a 24 cedieron al impulso de las olas y fueron arrastrados a gran distancia y volcados;  el trasporte un niño  sobre un trozo de bote sin recibir daño; o vidrieras de ventanas que llegaron a  las playas de la Quiriquina, sin que el  mar les hubiese quebrado un vidrio.

Un dato interesante que menciona Fitz Roy es la altura que alcanzaron las olas, elevándose  entre los  6 a 9 metros en algunos sectores (30 pies).

“Tasando por la estrecha angostura que separa a la Quiriquina de Tumbes, las grandes olas habían barrido las playas hasta la altura de 30 pies (9 metros) verticales sobre el nivel de pleamar; pero es probable que solo alcanzaran a esta elevación por los costados de dicha angostura, donde el agua encontró más obstáculo, i se tendió más por la playa.”

“Los que observaron las avenidas, las creyeron tan altas como la parte superior del casco de una fragata más allá del fondeadero; lo que viene a ser unos 16 (5 mts) a 20 ( 6 mts)   pies sobre el nivel de la bahía. No se rompían sino aquellas partes de la ola que chocaban contra algún obstáculo, hasta cerca de media milla de la playa, donde se estrellaban bramando de un modo espantoso. “ (14) 

“Por la marca que dejó el agua en la pared de la casa del capitán Delano, se echó de ver que las avenidas montaron 25 pies (7 mts) sobre el nivel ordinario de pleamar. El agua penetró a los altos i dejó festones de plantas marinas en los techos i sobre la cima de las rotas paredes…” (15)

Fitz Roy hace mención especial de lo sucedido en la isla Rocuant o de Los Reyes, donde por ser  tierras planas  fueron más graves los daños, especialmente en los animales.

“Donde quiera que la invasión de las olas encontró tierra llana, fueron terribles los estragos, porque estos terrenos están por lo general muy habitados y cultivados. Las tierras bajas hacia el fondo de la bahía de Concepción, en especial la de la isla de los Reyes, fueron cubiertas por las aguas, e irreparablemente desmejoradas. Perdióse mucho ganado vacuno, muchos caballos y ovejas. “  (16) 

A través de relato de Fitz Roy  se aprecia que una de las consecuencias del fuerte sismo de 1835 fue la elevación de superficie terrestre en  Talcahuano, tal como lo gráfica la siguiente aseveración:

“Andando por la playa en pleamar, las capas de marisco muerto i las algas marchitas adherentes a los peñascos en que se habían criado, atestiguaban por todas partes la reciente elevación de la tierra.”  (17)  



Bibliografía y fuentes:

(1) Agustín Zegers Saeza, Obras Completas de  don Andrés Bello. Dirección del Consejo de Instrucción Pública, Volumen XV, Miscelánea, Santiago de Chile, Imprenta Cervantes, Bandera, 73  ,1893. Pág. 207 a 216.

(2) Agustín Zegers Saeza, Obras Completas de  don Andrés Bello. Pág.207.

(3) Agustín Zegers Saeza, Obras Completas de  don Andrés Bello. Pág. 208.

(4) Agustín Zegers Saeza, Obras Completas de  don Andrés Bello. Pág. 211.


(5) Agustín Zegers Saeza, Obras Completas de  don Andrés Bello. Pág. 211.

(6) Agustín Zegers Saeza, Obras Completas de  don Andrés Bello. Pág. 211.

(7) Agustín Zegers Saeza, Obras Completas de  don Andrés Bello. Pág. 211.

(8) Agustín Zegers Saeza, Obras Completas de  don Andrés Bello. Pág. 212.

(9) Agustín Zegers Saeza, Obras Completas de  don Andrés Bello. Pág. 13

(10) Agustín Zegers Saeza, Obras Completas de  don Andrés Bello. Pág. 213. 

(11) Agustín Zegers Saeza, Obras Completas de  don Andrés Bello. Pág. 213.

(14) Agustín Zegers Saeza, Obras Completas de  don Andrés Bello. Pág. 214.

(16) Agustín Zegers Saeza, Obras Completas de  don Andrés Bello. Pág. 216.

(17) Agustín Zegers Saeza, Obras Completas de  don Andrés Bello. Pág. 216.


Observación : Se autoriza la reproducción del material redactado e imágenes citando al autor y fuentes.

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